Diálogo con un ateo
Por el Dr. Mani’ Huséin Al‑Hazmi
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Musulmán: ¿Crees en Dios?
Ateo: No.
Musulmán: Entonces, ¿quién creó el universo?
Ateo: El universo se creó a sí mismo o surgió por casualidad.
Musulmán: Según la cosmología, el universo comenzó como un cuerpo inicial ultradenso de tamaño casi nulo.
Ese cuerpo primordial explotó (el Big Bang) y formó una nube de “humo” cósmico.
Esto significa que todos los cuerpos del universo —incluida la Tierra— fueron una sola entidad interconectada.
También significa que el universo tiene un comienzo, lo cual refuta la idea de un universo eterno, sin inicio.
La cosmología moderna afirma con claridad que el origen de todo el universo fue una nube semejante al humo, compuesta por gases y partículas extremadamente calientes y densas.
El universo: una precisión que no puede ser “azar”
Aún se forman nuevas estrellas a partir de los restos de ese humo cósmico. Como el universo tuvo un comienzo, no pudo crearse a sí mismo: es creado.
Usando la razón y el análisis, es imposible suponer que el universo surgió por accidente. Hablamos de un cosmos inmenso con millones de galaxias que se mueven en trayectorias exquisitamente ordenadas durante millones de años. Las galaxias, que contienen miles de millones de estrellas, viajan en perfecto equilibrio. No se producen colisiones aunque incontables estrellas se desplazan a velocidades asombrosas en sus órbitas.
Distancias cósmicas: el secreto de la vida en la Tierra
Las enormes distancias entre los cuerpos celestes son necesarias para la vida en la Tierra. Michael Denton, en “Nature’s Destiny”, sostuvo que las distancias entre las supernovas (estrellas que explotan) y las demás estrellas son esenciales para la vida terrestre. En nuestra galaxia, si esas distancias fueran menores, las órbitas planetarias colapsarían; si fueran mayores, jamás se formarían sistemas planetarios.
La Tierra y el Sol: un equilibrio térmico preciso
La distancia entre la Tierra y el Sol está ajustada con extrema precisión para permitir la vida natural en la Tierra.
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Si la Tierra y el Sol estuvieran más cerca, los seres vivos arderían.
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Si estuvieran más lejos, los seres vivos se congelarían. En ambos casos, la vida sería imposible.
La Tierra y la Luna: una gravedad que mantiene el equilibrio
La distancia entre la Tierra y la Luna está fijada con precisión para la vida natural en la Tierra.
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Si la Tierra y la Luna estuvieran más cerca que ahora, las mareas serían catastróficas, las olas del océano inundarían las tierras bajas y la temperatura aumentaría peligrosamente.
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Un acercamiento ligeramente mayor podría provocar que la Luna colisionara con la Tierra.
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Si la Tierra y la Luna estuvieran más alejadas, la Luna podría perderse en el espacio.
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Un alejamiento ligero reduciría las mareas, los océanos se moverían menos, descenderían los niveles de oxígeno y la vida marina y terrestre estaría en riesgo.
Así, la atracción gravitatoria adecuada entre la Tierra y la Luna es necesaria para la vida. Esta precisión minuciosa en todo el cosmos apunta a un diseño y una sabiduría supremos.
La gravedad y la atmósfera: guardianes de la vida en la Tierra
La gravedad desempeña un papel decisivo en la estabilidad de la vida en la Tierra. Una gravedad excesiva podría alterar peligrosamente la rotación terrestre, las mareas y el clima; una gravedad insuficiente podría ocasionar cambios climáticos severos que pongan en peligro la vida.
Las capas de la atmósfera forman múltiples escudos con funciones distintas y necesarias:
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La atmósfera destruye meteoros y evita que caigan a la Tierra — impactos capaces de arrasar ciudades enteras.
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Filtra la radiación dañina: la ultravioleta nociva es detenida por la capa de ozono en la estratósfera; la infrarroja por el vapor de agua en la tropósfera; y los rayos X en la ionosfera.
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La magnetosfera (cinturones de Van Allen) protege a los seres vivos de radiaciones nocivas procedentes de los astros y de partículas emitidas por el Sol y otras estrellas.
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La atmósfera deja pasar la luz beneficiosa, vital para sostener la vida.
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Retiene la radiación terrestre, manteniendo la Tierra cálida y habitable.
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Impide que el frío del espacio (≈ −270 °C) congele el planeta.